5 de octubre de 2008

La rebelión del cambio de estación

No hay nada mejor que el día de hoy, soleado y caluroso para explicar mi singular jornada lluviosa de ayer…

Mi nariz me avisó por fín, había llegado el otoño. Creo recordar que cuando éramos niños la entrada de las estaciones aún se colocaba ordenadamente en los números del calendario, ahora el cambio climático no para de jugar con ellas al trilero. Aún así, el otoño se huele, se siente… lo noto en los dedos de mis pies que juegan a ser cubitos de hielo bajo las mantas donde se transportan las siestas. Lo noto en ese olor que suele flotar a eso de las 8 de la mañana, lo veo en el pintor que cuidadosamente lava su pincel y abre un maletín nuevo de colores y lo oigo en el ruido del viento que se muestra poco sumiso.

Como soy una persona bastante sistemática sabía que era el día perfecto para organizar el armario, cambio de estación, cambio de disfraz. Así que con valentía deslicé las puertas correderas dejando atrás el mismo pensamiento de cada año y es que mil veces después de ver las Crónicas de Narnia había intentado atravesar el armario sin éxito ante los socarrones ojos de Murphys, mi gato.

Y como quien lleva a cabo un ritual ancestral, cogí una por una todas las prendas y las dispuse de forma ordenada encima de la cama, cuando ya estaba a punto de acabar con toda la estantería derecha, picaron a la puerta. En un primer momento me quedé paralizada, pensé que si volvían a picar sería el cartero ya que parece ser que este buen hombre siempre llama dos veces, pero no era el caso, porque la persona que estaba al otro lado de la puerta se estaba dejando el dedo pegado al timbre así que si no iba a abrirle rápido estaba seguro que atravesaría la pared y parte de él se quedaría dentro de casa, idea que me angustiaba todavía más, así que abrí la puerta, no sin antes echar un vistazo por la mirilla. Era el vecino de abajo, un hombre mayor eternamente malhumorado que se quejaba de que mi perro saltaba a su patio. En esos momentos mi gato miraba desde una esquina a esa persona ciega que le había ofendido tan gravemente, así que lo cogí, se lo mostré y lo más amablemente que pude le pregunté sobre su vista. Una vez me hube despedido de Miguel Carballeda volví a la habitación para seguir con la ropa, cual fue mi sorpresa al ver que todas las camisetas que había dejado tan perfectamente colocadas estaban enganchadas por los tirantes formando un SOS gigante, pensé que tal vez el café con leche de la mañana no me había sentado bien del todo, como la mayoría de las veces, ante situaciones que me inquietaban acababa pensando que ante los problemas soluciones, así que sin darle demasiada importancia (eso o salir pies en polvorosa con mi perro…ay…por favor!) , doblé de nuevo todas las camisetas, y esta vez, por si las moscas las introduje ya en la caja con un cartel que rezaba, “Si estoy vacía, es porque estás en una terraza, comiéndote unas bravas en buena compañía”, siempre me ha parecido de mala educación utilizar la misma caja para la ropa de invierno y de verano…

El ritual duró aproximadamente dos horas, las camisas, los pantalones y las camisetas ya estaban en el lugar que correspondían, luego era cuestión de bajar la caja de invierno, la cual rezaba “Ves pensando en comprar castañas, tus amigas siempre se adelantan, a ver esta vez como te las apañas”, así que con unos cuantos resoplidos conseguí colocarla en la cama, pesaba muchísimo!!

Lo primero que ví al abrirla fue el abrigo que con tanta ansia me había comprado el año pasado, lo rescaté de su celda de verano y lo abracé, junto a él había vivido una de las historias más importantes de mi vida, conocimos a nuestra media naranja en un local de moda del centro de Barcelona.

Lo que ocurrió a continuación fue más sorprendente aún que el SOS improvisado de antes, tras mi espalda y bajo el aviso de un soplo frío en mi nuca, desfilaban amenazadoras todas las prendas de verano, cuadradas y dispuestas a atacar. No podía creer lo que estaba viendo, tal vez fuese todo culpa de hablarle a la ropa cada vez que tenía que planchar simulando que estaba en un consultorio médico y yo iba haciendo pasar una a una a mi despacho, así las curaba planchándolas, la mejor doctora del mundo entero, una manera como cualquier otra de aumentar la autoestima.

Noté que unos brazos me rodeaban y en un abrir y cerrar de ojos tenía a mi abrigo protegiéndome de tal amenaza textil, el espectáculo era terrorífico, las camisetas de tirantes avanzaban decididas con un aire de susceptibilidad bastante sospechoso, los pantalones caminaban con pasos decididos como hombres de negocios de éxito y las faldas iban tras ellos como locas.

Una vez más mi abrigo y yo en una historia apasionante, lo único que podía hacer era ponérmelo y salvarlo del violento final que le esperaba, visto el odio que desprendían las gafas de sol que cerraban la procesión, era como ver la Santa Compaña de Dolce & Gabana, así que como si se llevara mi alma el diablo, enganché en la huída a mi Murphys y juntos salimos fuera. La calle estaba desierta, una fina cortina lluviosa la decoraba. Giré sobre mis talones y alcé la vista hacia la ventana de mi piso, en el alfeizar de la ventana, dos camisas de verano atrapaban con sus mangas mi gorro de lana preferido, apretándolo junto al cristal, con un cartel que rezaba… “no nos moverás”

17 comentarios:

Toni1004 dijo...

jejeje...esto es imaginación y lo demás son tonterías...jajajaja

La verdad es que ahora esta escena es imposible. Basta con que te decidas a ponerte una jersey para que ese día luzca un sol de justicia.

Ya estás apuntada Naida.

Escarlata dijo...

Muy original, sí señora! no se me había ocurrido que las prendas también tienen sus sentimientos...

Martikka dijo...

Original y divertido, tu relato. Me gustó!! La guerra de la ropa de verano contra la de invierno, je,je!

SERGI dijo...

Muy buena la historia y me parece genial que las cajas de ropa tengan un título según la temporada a la que pertenecen. Después de esta historia abriré este fin de semana la caja de invierno a ver si vivo una aventura la mitad de buena que esta.

momo dijo...

Como todos tus relatos..
imaginativo y sencillamente genial!

Sarinha dijo...

Me ha encantado!! Por si acaso, dejaré mi ropa de verano en el armario, no vaya a ser que me ataquen. Aún me resisto a ponerme los abrigos, hasta que coja un buen resfriado...
Un saludo!!

Carla Mariela dijo...

me encanta tu imaginación... aqui siempre es primavera, es la vida del tropico... gracias por llevarme a mirar la vida en otro lugar del mundo :o)

VIDA dijo...

Jugar con la imaginación y compartir tus fantasias hacen una buena mezcla. Me gusta mucho la historia SUERTE!!!

Antea dijo...

La idea de las prendas de ropa rebelándose me parece simpática,atrevida y original, pero tu descripción de la llegada del otoño...¡MAGNÍFICA!.Felicidades y suerte.

Naida dijo...

Muchas gracias a todos!!! La verdad es que todas las historias publicadas para el concurso son muy buenas...y lo que es mejor estoy conociendo a personas y a blogs superinteresantes. Gracias de nuevo

ReChalado dijo...

Una historia original, simpática y de fantasía. Por suerte mis prendas de vestir conviven pacíficamente xD

Un beso y suerte en el concurso!
-ReChalado

Sarinha dijo...

Naida, yo no presento mi historia al concurso esta vez, me limito a observar desde la barrera ;-) Y me gusta lo que veo.
Si quieres leer una historia de una tarde de lluvia, tengo algo que se ajusta aquí http://www.autoescuelafacil.com/sara/2008/10/01/no-me-levantes-la-mano/

Me alegro de que te haya gustado mi blog, pásate que serás bienvenida!! Un besote!!

Garufa dijo...

Resulta interesante como haces ver que algo tan normal sea tan aventurero y lleno de anecdotas...

senovilla dijo...

Vengo a desearte mucha suerte en el concurso.

Saludos Cordiales

Aspective dijo...

Pasé a leer tu relato.
Muy original y de una gran imaginación.
¡¡Que tengas mucha suerte!!

el cabreado enmascarado dijo...

Entro para releer tu relato y desearte suerte.

Un saludo

Daniela dijo...

jajaja gracioso relato !
suerte !