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9 de octubre de 2008

Suicidio colectivo

Hay gotas de muchos tipos. Están las gotas de los oídos, que están entrenadas para susurrar cosas, las gotas de los ojos, que son expertas en aguantar la mirada, las gotas de rocío, que son flamenquitas, la gota del pie, que tiene muy mala leche y, en un mundo aparte, las gotas de lluvia.


Las gotas de lluvia están malacostumbradas: viven en las nubes, son soñadoras y tienen poco trabajo. Gran parte de las gotas envidian secretamente a los copos de nieve, porque siempre se ha dicho que los copos de nieve tienen una estructura perfecta y bella, mientras que las gotas de lluvia son sólo agua en estado líquido, transparente y simple. Y cuando no hay mucho que hacer y se es envidioso, uno se corroe por dentro, se le tuerce el humor y se pone triste...
Eso les suele pasar a muchas gotas de lluvia con baja autoestima.Se miran a los ojos las unas a otras y sólo ven lágrimas. Se sienten inútiles, deciden que su vida en las nubes no tiene sentido y se ponen de acuerdo para saltar al vacío, todas a la vez.

Otras gotas, las que no tienen personalidad, saltan de las nubes simplemente porque las demás lo hacen. El grupo de las utópicas deja su nube anhelando un mundo mejor, y las gotas superficiales se lanzan buscando algún paraguas que las mantenga en la otra vida.

En los días de lluvia millones de gotas se suicidan, las calles se llenan de minúsculos cadáveres transparentes y los charcos son pequeños cementerios agitados por las botas de agua de los niños.
Será por eso que los tardes lluviosas son tan tristes...



5 de octubre de 2008

La rebelión del cambio de estación

No hay nada mejor que el día de hoy, soleado y caluroso para explicar mi singular jornada lluviosa de ayer…

Mi nariz me avisó por fín, había llegado el otoño. Creo recordar que cuando éramos niños la entrada de las estaciones aún se colocaba ordenadamente en los números del calendario, ahora el cambio climático no para de jugar con ellas al trilero. Aún así, el otoño se huele, se siente… lo noto en los dedos de mis pies que juegan a ser cubitos de hielo bajo las mantas donde se transportan las siestas. Lo noto en ese olor que suele flotar a eso de las 8 de la mañana, lo veo en el pintor que cuidadosamente lava su pincel y abre un maletín nuevo de colores y lo oigo en el ruido del viento que se muestra poco sumiso.

Como soy una persona bastante sistemática sabía que era el día perfecto para organizar el armario, cambio de estación, cambio de disfraz. Así que con valentía deslicé las puertas correderas dejando atrás el mismo pensamiento de cada año y es que mil veces después de ver las Crónicas de Narnia había intentado atravesar el armario sin éxito ante los socarrones ojos de Murphys, mi gato.

Y como quien lleva a cabo un ritual ancestral, cogí una por una todas las prendas y las dispuse de forma ordenada encima de la cama, cuando ya estaba a punto de acabar con toda la estantería derecha, picaron a la puerta. En un primer momento me quedé paralizada, pensé que si volvían a picar sería el cartero ya que parece ser que este buen hombre siempre llama dos veces, pero no era el caso, porque la persona que estaba al otro lado de la puerta se estaba dejando el dedo pegado al timbre así que si no iba a abrirle rápido estaba seguro que atravesaría la pared y parte de él se quedaría dentro de casa, idea que me angustiaba todavía más, así que abrí la puerta, no sin antes echar un vistazo por la mirilla. Era el vecino de abajo, un hombre mayor eternamente malhumorado que se quejaba de que mi perro saltaba a su patio. En esos momentos mi gato miraba desde una esquina a esa persona ciega que le había ofendido tan gravemente, así que lo cogí, se lo mostré y lo más amablemente que pude le pregunté sobre su vista. Una vez me hube despedido de Miguel Carballeda volví a la habitación para seguir con la ropa, cual fue mi sorpresa al ver que todas las camisetas que había dejado tan perfectamente colocadas estaban enganchadas por los tirantes formando un SOS gigante, pensé que tal vez el café con leche de la mañana no me había sentado bien del todo, como la mayoría de las veces, ante situaciones que me inquietaban acababa pensando que ante los problemas soluciones, así que sin darle demasiada importancia (eso o salir pies en polvorosa con mi perro…ay…por favor!) , doblé de nuevo todas las camisetas, y esta vez, por si las moscas las introduje ya en la caja con un cartel que rezaba, “Si estoy vacía, es porque estás en una terraza, comiéndote unas bravas en buena compañía”, siempre me ha parecido de mala educación utilizar la misma caja para la ropa de invierno y de verano…

El ritual duró aproximadamente dos horas, las camisas, los pantalones y las camisetas ya estaban en el lugar que correspondían, luego era cuestión de bajar la caja de invierno, la cual rezaba “Ves pensando en comprar castañas, tus amigas siempre se adelantan, a ver esta vez como te las apañas”, así que con unos cuantos resoplidos conseguí colocarla en la cama, pesaba muchísimo!!

Lo primero que ví al abrirla fue el abrigo que con tanta ansia me había comprado el año pasado, lo rescaté de su celda de verano y lo abracé, junto a él había vivido una de las historias más importantes de mi vida, conocimos a nuestra media naranja en un local de moda del centro de Barcelona.

Lo que ocurrió a continuación fue más sorprendente aún que el SOS improvisado de antes, tras mi espalda y bajo el aviso de un soplo frío en mi nuca, desfilaban amenazadoras todas las prendas de verano, cuadradas y dispuestas a atacar. No podía creer lo que estaba viendo, tal vez fuese todo culpa de hablarle a la ropa cada vez que tenía que planchar simulando que estaba en un consultorio médico y yo iba haciendo pasar una a una a mi despacho, así las curaba planchándolas, la mejor doctora del mundo entero, una manera como cualquier otra de aumentar la autoestima.

Noté que unos brazos me rodeaban y en un abrir y cerrar de ojos tenía a mi abrigo protegiéndome de tal amenaza textil, el espectáculo era terrorífico, las camisetas de tirantes avanzaban decididas con un aire de susceptibilidad bastante sospechoso, los pantalones caminaban con pasos decididos como hombres de negocios de éxito y las faldas iban tras ellos como locas.

Una vez más mi abrigo y yo en una historia apasionante, lo único que podía hacer era ponérmelo y salvarlo del violento final que le esperaba, visto el odio que desprendían las gafas de sol que cerraban la procesión, era como ver la Santa Compaña de Dolce & Gabana, así que como si se llevara mi alma el diablo, enganché en la huída a mi Murphys y juntos salimos fuera. La calle estaba desierta, una fina cortina lluviosa la decoraba. Giré sobre mis talones y alcé la vista hacia la ventana de mi piso, en el alfeizar de la ventana, dos camisas de verano atrapaban con sus mangas mi gorro de lana preferido, apretándolo junto al cristal, con un cartel que rezaba… “no nos moverás”